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martes, 19 de marzo de 2013

La imagen fundacional de Tenochtitlan en seis siglos de memoria colectiva

Un 13 de marzo de 1325 se estableció la ciudad mexica




Fundación de Tenochtitlan. Códice Mendocino. Foto INAH
El mito tenochca cuenta que en la antigua ciudad de Aztlán, Huitzilopochtli, dios del sol y de la guerra, habló a su pueblo y le indicó iniciar una peregrinación rumbo a una tierra prometida en medio de un ambiente lacustre, ahí hallarían un portento que les indicaría que era el lugar anunciado. La peregrinación inició, a través de la voz de los sacerdotes la deidad se comunicaba continuamente con su pueblo, alentándolo a seguir su caminar hasta hallar la señal: un águila descansando sobre un nopal que nace de una piedra, la cual a su vez está dentro de un lago.

Al paso del tiempo, la escena del mito fundacional de Tenochtitlan ha estado presente en un sinnúmero de objetos tanto oficiales y militares, como en el imaginario de la sociedad mexicana y artículos de uso común, entre ellos monedas, playeras y artesanías.
Asimismo, ha sido representada en diversas formas artísticas por pintores y escultores de los siglos XIX y XX, como el mural #Epopeya del pueblo mexicano# de Diego Rivera, o el dibujo a tinta Estas son las armas, de Miguel Covarrubias.
El emblema continúa presente en el devenir cotidiano de la Ciudad de México. Caminando entre las calles del Centro Histórico, frente a la Suprema Corte de Justicia, el águila sobre un nopal devorando una serpiente, escultura de Juan Fernando Olaguíbel, se erige con sus alas abiertas; y qué decir del mural de la estación Tacubaya en el Metro de la ciudad, donde diariamente miles de mexicanos vienen y van, y bajo la inercia del apuro por llegar al trabajo o con la familia, el símbolo fundacional, hoy escudo nacional, cobija a sus hijos bajo sus alas de identidad, cohesión y distinción del resto del mundo.

Entre la realidad y el mito

Lámina 4 de la Historia de las Indias de Nueva España. Fray Diego Durán. Foto INAHLas referencias del mito tenochca se encuentran en escritos de algunos cronistas como Juan de Torquemada, Diego Durán, Fernando de Alvarado Tezozomoc y Cristóbal del Castillo. Fray Diego Durán escribió lo siguiente: “(…) pasaron delante á buscar el pronóstico del aguila, y andando de una parte en otra divisaron el tunal, y encima del el aguila con las alas extendidas acia los rayos del sol, tomando el calor del y el frescor de la mañana (…)”.
A su vez, Cristóbal del Castillo relata en su texto el anuncio de Huitzilopochtli hacia un sacerdote: “yo os iré guiando a donde vayais, iré mostrándome como águila, os iré llamando hacia donde iréis (…) y cuando haya llegado a donde ya me parezca bueno, donde os asentaréis, allá me posaré, allá me veréis, ya no volaré”.
  Según otro mito mexica, éste acerca del plano sagrado o de los dioses, Malinaxóchitl, hermana de Huitzilopochtli, es abandonada por su hermano y al sentirse desprotegida y sola, su hijo Cópil, promete vengarse de su tío.
El hijo de la diosa sorprende a Huitzilopochtli en Chapultepec, y tras una larga batalla, el dios de la guerra vence, y como castigo le arranca el corazón a su sobrino y lo lanza a un espacio pantanoso… se dice que el corazón de Cópil se convirtió en piedra, misma de la que nació el nopal que fungirá como señal para la edificación de la metrópoli tenochca.
Eduardo Matos Moctezuma, arqueólogo emérito del INAHDe acuerdo con Eduardo Matos Moctezuma, arqueólogo emérito del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), dicha señal nunca fue vista de esa forma por los mexicas, “el águila sobre el nopal es un simbolismo que nunca fue observado así por el pueblo tenochca sino que es una representación: el águila es el ave que vuela más alto, igual que el sol, por lo tanto, representa a su dios Huitzilopochtli, es decir, nunca vieron esto, históricamente se sabe que Tezozomoc, señor de Azcapotzalco, quien tenía el control de los pueblos del Valle de México, les permitió que se establecieran en unos islotes en medio de un lago que estaban bajo su control”.
“Decide darles ese espacio —agregó— para tener un pueblo sujeto a él que le fuera de ayuda durante sus guerras de expansión y que también le pagaran un tributo, esa es la verdadera causa de porqué se van a asentar en esos islotes, ya después los mexicas van a crear esta imagen del águila, que es su dios Huitzilopochtli, indicándoles donde se deben asentar, lo cual a su vez es esa relación que muchos pueblos buscan con la divinidad, sin embargo, en realidad fue Tezozomoc quién les indicó dónde tenían que asentarse”.
Al respecto, María Castañeda de la Paz, historiadora del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), mencionó que “fue el gobernante mexica Izcóatl, cuarto tlatoani de Tenochtitlan, quien en busca de dar una explicación a su asentamiento y con ello cohesionar a varios grupos poblaciones establecidos en la Cuenca de México, alrededor de 1428 mandó escribir la historia de la peregrinación con su origen en Aztlán y con ello el mito fundacional, así dio un origen en común e identidad a varios grupos que se encontraban en el área”.
La doctora Castañeda explicó que justo algunas reminiscencias de esas narraciones sobreviven hasta nuestros días a través de códices y crónicas del siglo XVI, entre ellas, los libros pictográficos Durán, Tovar, Acosta, Boturini, Aubin, así como el texto Crónica Mexicana de Fernando de Alvarado Tezozomoc.
Teocalli de la Guerra SagradaPor su parte, Matos Moctezuma refirió que en algunas de las fuentes del siglo XVI se muestra el emblema del mito fundacional con variaciones entre sí: “Por ejemplo, hay un monumento prehispánico mexica esculpido en piedra volcánica, el Teocalli de la Guerra Sagrada, encontrado en 1926 en una de las torres de Palacio Nacional, y que hoy es parte del acervo del Museo Nacional de Antropología, que muestra en su parte posterior al águila parada sobre el nopal en un medio lacustre, y no tiene en el pico más que el símbolo de la guerra: el atl-tlachinolli”, que a consideración de la historiadora Castañeda, es un difrasismo que significa tomar posesión del territorio.
“Ya en el Códice Mendocino, en su primera lámina —prosiguió Eduardo Matos—, se ve el águila parada sobre el nopal pero sin nada en el pico, en tanto, en el Códice Durán, el fraile ofrece las dos versiones: una imagen del águila con una serpiente en el pico y otra más en la que tiene un pájaro, y otros tirados al pie”.
Pero, ¿de dónde procedían los mexicas, existió Aztlán? Y ya que el mito fundacional fue escrito a posteriori, ¿por qué escoger el año de 1325 como la fecha de fundación?
Al respecto, el arqueólogo del INAH señaló que fuentes como el Teocalli de la Guerra Sagrada y el Códice Mendocino, coinciden en que 1325 fue el año en que la peregrinación mexica terminó e inició la fundación de Tenochtitlan. “Yo he especulado de porqué se escoge ese año, al parecer y por estudios de astronomía, se ha podido establecer que en 1325 hubo un gran eclipse solar, que como sabemos provocó el oscurecimiento de la Tierra, lo cual debió haber impactado a los sacerdotes y dirigentes del pueblo mexica, ya que para ellos estos fenómenos representaban la lucha entre el Sol y la Luna, por lo que quizás los sacerdotes ligaron este fenómeno como el nuevo resurgimiento del Sol y, dentro de la elaboración de la historia fundacional, lo relacionaron con la edificación y origen de su ciudad”.
En cuanto a su origen, Matos Moctezuma aclaró que Aztlán es una urbe mítica que no se ha podido encontrar: “Varios han intentado ubicarla en algún lugar hacia el norte de Tenochtitlan, pero no se ha localizado, en realidad considero que es una imagen o prototipo de Tenochtitlan, ya que según la descripción que se hace de Aztlán en la Tira de la Peregrinación y en la primera lámina del Mendocino, se asemeja muchísimo a lo que posteriormente será la urbe tenochca: una ciudad construida en medio del agua, sobre una isla ubicada en el lago de Texcoco”.
Al respecto la historiadora Castañeda de la Paz sugiere como hipótesis dos lugares míticos de origen de la cultura mexica: Chicomoztoc y Aztlán. A partir de un análisis filológico (estudio de los textos escritos, a través de los cuales se intenta reconstruir, lo más fielmente posible, el sentido original de los mismos con el respaldo de la cultura que en ellos subyace) de códices y crónicas del siglo XVI redactados por indígenas y españoles, ha encontrado que los mexicas refieren proceder de estas dos ciudades, que a su vez son lugares creados conceptualmente, ya que de ninguna hay evidencias arqueológicas de existencia.
“A través de dos conjuntos de documentos pictográficos y de texto (algunos en náhuatl y otros castellanizados) entre ellos, los códices Durán, Tovar, Acosta, Boturini, Aubin, y los escritos Crónica Mexicana y Crónica Mexicayotl —ambos de Fernando de Alvarado Tezozomoc— así como Ms. Mexicain 40 y 85, pude dilucidar dos lugares de procedencia que los mexicas mencionan, los cuáles a su vez corresponden a los dos señoríos mexicas asentados en la Cuenca de México: los tlatelolcas dicen ser originarios de Chicomoztoc (que significa las siete cuevas), y los tenochcas aseguran proceder de Aztlán (blancura)”, comentó la historiadora.
Monumento a la Fundación de la Ciudad de México-Tenochtitlan. Juan Fernando Olaguíbel. Costado del Zócalo. Foto INAHA partir de las fuentes históricas, la especialista observó que los tlatelolcas mencionan ser descendientes de la Casa Real de Azcapotzalco, metrópoli prehispánica fundada a principios del siglo XIII por los tepanecas, una población de filiación chichimeca que migró del país de un lugar al que llamaban Chicomoztoc. El primer gobernante de Azcapotzalco fue Acolhua, cuyo hijo, Tezozomoc, fue el segundo gobernante; a su vez, su descendiente Cuacuauhpitzahuac, fue el primer dirigente de la ciudad de Tlatelolco.
En tanto, los tenochcas dicen ser de ascendencia culhuatolteca, es decir, “ellos refieren proceder de la antigua urbe de Aztlán (de ahí el nombre de aztecas) y que durante su peregrinación pasaron por la metrópoli prehispánica de Culhuacán, heredera directa del poderío de Tula y por tanto de la cultura tolteca.
“Es probable que Acamapichtli, otro hijo de Tezozomoc de Azcapotzalco, fuera el primer señor de Tenochtitlan; sin embargo, cuando Izcóatl mandó escribir la historia oficial de su pueblo, borró esta ascendencia para decir que era culhuatolteca, es decir, gente de Aztlán que en su peregrinación pasó por Culhuacán y establecieron relación con sus gobernantes”, explicó María Castañeda.
De acuerdo con la historiadora, en el siglo XV, cuando Izcóatl (cuarto tlatoani de Tenochtitlan) manda redactar la historia fundacional de la ciudad, establece como relato oficial que debido a inconformidad por reparto de tierras, un grupo de mexicas se separó del resto de la población 13 años después de la fundación en la Cuenca de México, y fundó otro señorío mexica: Tlatelolco.
“Sin embargo, lo que yo propongo que sucedió —dijo Castañeda de la Paz— es que hubieron dos peregrinaciones: es posible que los tlatelolcas se hayan trasladado de Azcapotzalco hacia donde edificarían Tlatelolco, mientras los tenochcas quizá fueron un conjunto de grupos de origen muy diverso, tanto con gente de la cuenca como migrantes que se trasladaron del norte al centro del país, asentándose en el Valle de México donde fundaron Tenochtitlan, grupos que años después fueron cohesionados bajo un mismo mito fundacional”, concluyó la historiadora de la UNAM.

Símbolo de identidad del siglo XVI a la fecha

San Juan Nepomuceno. España y La Nueva España. Siglo XVIII. Foto: M. Marat / INAHEl emblema del mito fundacional presente en la Bandera de México y que es escudo nacional desde principios del siglo XIX, y una de nuestras insignias patrias más reconocidas e identificadas por la población mexicana; si bien tuvo su origen en la fundación de Tenochtitlan en 1325, en el siglo XVI fue aceptada y se le dio un segundo reconocimiento como símbolo de identidad, cuando la figura es tomada como emblema identitario de la Nueva España.
En el siglo XVI la figura del águila parada sobre un nopal que nace de una piedra en medio de un lago, pasó de ser un totem tribal, a convertirse en un símbolo adoptado por los españoles y se utilizó como emblema de la Nueva España para dar un perfil propio al nuevo reino, entonces en construcción, explicó el historiador Salvador Rueda Smithers.
“Para ello, tuvo que venir un proceso de cristianización del símbolo, ya no es el ‘diablo’ Huitzilopochtli el que guía al pueblo mexica, sino que es una suerte de dios pagano que acaba siendo simplemente un dios de relato, que señaló a los tenochcas dónde fundar su metrópoli”, dijo el historiador.
“Dice Jorge González Angulo, un historiador del INAH —añadió Rueda Smithers—, que desde tiempos de Hernán Cortés ya no se aceptó el escudo de armas otorgado por el rey Carlos I de España y V de Alemania para la nueva ciudad, sino que buscaron su propio emblema, que los distinguiera.
“A su vez —continuó—, ese emblema propio proporcionaba reconocimiento a la conquista, pues al tomarlo, los peninsulares reconocían el pasado prehispánico y daban un sustento histórico a la nueva ciudad española; es decir, sobre la ciudad de Moctezuma, con esa grandeza, con su mito y con su historia, fundaban la capital del reino de la Nueva España; eso significaba sumarle un imperio vencido y cristianizado al rey de España, y no una metrópoli nueva con colonos recientemente llegados”.
Claro ejemplo es el cuadro de autor anónimo, San Juan Nepomuceno, España y la Nueva España (siglo XVIII) que se encuentra en la sala 2 del Museo Nacional de Historia. En él se muestra en la parte superior al santo patrono de la Universidad en un rompimiento de cielo; en tanto por la parte inferior, del lado izquierdo, está una mujer española coronada sosteniendo entre sus manos el escudo de armas del país europeo, y del derecho se encuentra la india noble, también coronada, con el escudo que representa al reino de la Nueva España: el símbolo del mito fundacional de Tenochtitlan.
Desde el siglo XVII hasta el último tercio del XVIII, la figura del águila sobre el nopal devorando a la serpiente, hecha en metal dorado laminado y cincelado, coronó la fuente de la plaza principal llamada de Juan José Baz, hoy Plaza de Santo Domingo. La escultura fue desplazada por el gustó neoclásico y retirada de la fuente; actualmente forma parte del acervo del MNH, y se exhibe en la sala 1 del recinto.
Salvador Rueda, director del MNH. Foto: M. Marat / INAHDurante gran parte del siglo XVIII abundaron los óleos y grabados barrocos con representaciones del águila del mito fundacional, entre ellos, la pintura Fundación de Tenochtitlan, de autor desconocido, en la que se aprecia distintos momentos de la peregrinación mexica hasta la llegada al Valle de México, donde ven la señal indicada por su dios Huitzilopochtli.
“El óleo posee un relato que se lee en sentido contrario a las manecillas del reloj: inicia en la parte superior izquierda, con un cerro que posiblemente es Chapultepec, la narración va bajando y mostrando distintos puntos y escenas del recorrido del pueblo tenochca hasta llegar al momento en el que observan al águila posando sobre el nopal, seguido por la parte más baja del islote donde están los trabajadores que van armando las chinampas sobre las cuales van a construir la ciudad”, describió el historiador Rueda Smithers.
“Pero lo más interesante del cuadro —destacó— es que en la parte superior derecha está el águila apenas bajando hacia el nopal, es decir, mientras los mexicas van caminando, el águila en esta pintura se puede ver en pleno vuelo. Finalmente, por debajo de la escena principal del óleo, se puede leer en latín: ‘Sobre lo inestable lo firme’,  que puede ser interpretado como: sobre esta tierra que aún no está hecha, se construirá la firmeza de una ciudad que es la capital del reino, y esta águila es el símbolo de esa capital”.
Escudo Nacional actualDe acuerdo con Rueda Smithers, el nuevo escudo o emblema del reino de la Nueva España fue heredado después del rompimiento con el gobierno español, durante la Guerra de Independencia, por ejemplo, José María Morelos y Pavón lo reprodujo en las banderas y monedas insurgentes como símbolo propio, tal como se puede ver en la parte superior de su retrato, que hoy se alberga en el Castillo de Chapultepec, creado de mano del pintor conocido como El Mixtequito (1812).
El especialista del INAH explicó que luego de la entrada triunfal de Agustín de Iturbide a la Ciudad de México con la Bandera Trigarante en 1821 (que no tenía águila), él mismo estableció, a través de un decreto de 1823, cómo debería ser la bandera y el escudo nacionales, estipulando al símbolo del mito fundacional al centro del lábaro, en el campo blanco, como emblema del Imperio.
“Eso no cambió cuando el Imperio se volvió República, en 1824, sólo le quitaron la corona imperial al águila, pero el símbolo fundacional continúo siendo el emblema identitario y escudo de la nación”, destacó el experto.
El escudo nacional ha variado al paso del tiempo en cuanto a las posiciones del águila, a veces de frente y en ocasiones de perfil, aclaró Rueda. “Una de las primeras águilas de perfil fue la de Guadalupe Victoria, durante la primera República; más tarde, el águila se plasmó de frente y así permaneció prácticamente todo el siglo XIX, hasta que en 1917, durante el gobierno de Venustiano Carranza, se modificó de posición colocándola nuevamente de perfil”.
“En tiempos del presidente Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970), el águila del escudo nacional fue modernizada atribuyéndole características prehispánicas en la forma de las plumas y como está erguida, creando así la imagen que actualmente conocemos”, mencionó Salvador Rueda.

El símbolo fundacional en el arte de los siglos XIX y XX

El águila parada sobre un tunal y devorando una serpiente en medio de corrientes de agua, ha sido plasmada a través de la historia en pinturas, murales, monedas, banderas, esculturas y condecoraciones que rescatan la imagen fundacional como símbolo de identidad y cohesión del mexicano, vinculándolo directamente con su pasado prehispánico. Entre las obras se encuentran creaciones de los siglos XIX y XX de Diego Rivera, José María Jara y Miguel Covarrubias; además de expresiones artísticas urbanas creadas en el corazón de la capital mexicana, como las obras del muralista Guillermo Cisneros y el escultor Juan Fernando Olaguíbel.
Un exponente de la pintura mexicana del siglo XX que continuamente plasmó varias escenas y etapas del desarrollo prehispánico en nuestro país fue Diego Rivera, quien utilizó la historia y la arqueología como fuente de inspiración, tal es el caso del mural Epopeya del pueblo mexicano. Historia de México que se encuentra en las escaleras de Palacio Nacional.
La obra, hecha al fresco de 1929 a 1935, abarca desde el México antiguo hasta mediados del siglo XX y exalta la opresión de la clase trabajadora. Como parte de la descripción del México prehispánico, Rivera plasmó un águila sobre un nopal descansando sobre el Templo Mayor; de su pico desciende el signo del agua y el fuego, también conocido como atl-tlachinolli, difrasismo de la guerra.

A través de dicha imagen —que el pintor reprodujo a partir del Teocalli de la Guerra Sagrada—, se considera que el autor dio la versión de la fundación de Tenochtitlan.

Asimismo, la pintura titulada Fundación de la Ciudad de México, fue hecha en 1889 por el pintor José María Jara, como parte de un concurso bienal que la Academia de San Carlos realizaba durante la segunda mitad del siglo XIX, con la finalidad de proponer la creación de pinturas sobre la historia nacional; si bien en su obra no se observa el águila posando sobre un nopal, si se aprecia al pueblo mexica admirado ante un lago y nopaleras, en las que, se deduce (aunque no se ve) descansa un águila devorando una serpiente.
En el concurso, Jara resultó ganador con este óleo sobre tela, lo que le valió exhibir su obra (junto con cuatro cuadros más) en la Exposición Internacional de París durante dos años continuos. Casi un siglo después (1982) la pintura se integró al acervo del Museo Nacional de Arte, donde actualmente se encuentra.
El pintor Miguel Covarrubias creó un dibujo a tinta sobre papel que hace referencia al glifo de la fundación de Tenochtitlan, en él se aprecia en el centro un águila sobre una nopalera naciendo de una piedra, y a cada lado, dos personajes prehispánicos con lanzas.

El dibujo, titulado Estas son las armas, pertenece al Archivo Miguel Covarrubias, resguardado en la Universidad de las Américas de Puebla.

Otra obra importante es la pintura al fresco del arquitecto y pintor Juan O´Gorman, realizada en 1969, llamada Sufragio efectivo, no reelección, la cual está en la sala 11 del Museo Nacional de Historia (MNH) “Castillo de Chapultepec”. En él se aprecia a Francisco I. Madero en el centro con la banda presidencial y una bandera que sostiene con su brazo derecho, en las cuales se contempla la escena de la implantación de Tenochtitlan utilizado como emblema del escudo nacional.
Palacio NacionalEl mito fundacional ha trascendido tanto en el imaginario del mexicano, que incluso se encuentra en expresiones urbanas y cotidianas, como la fachada principal de Palacio Nacional; en el mural de Guillermo Cisneros Reyes, realizado en 1987 para el Sistema de Transporte Colectivo Metro, titulado Del códice al mural, el cual es admirado diariamente por los usuarios en el transbordo de la estación Tacubaya; así como en la escultura de bronce elaborada por el artista guanajuatense Juan Fernando Olaguíbel titulada Madre, relicario de América… Monumento a la fundación de la Ciudad de México-Tenochtitlan, ubicada en la esquina de calle Pino Suárez y la Plaza de la Constitución, frente a la Suprema Corte de Justicia, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.
Para el historiador Salvador Rueda Smithers, el águila en el nopal, sobre la piedra devorando la serpiente en medio de una laguna, desde su decreto como escudo nacional en 1823 hasta la fecha, “es el punto de identidad de todos los que hemos nacido en este territorio que hoy conocemos como México. La escena está representada en banderas monumentales y adornos; en las artesanías y monedas; en las botonaduras de gala de los militares, pero también en las botonaduras y chaquetines de los charros; lo mismo la vemos en el escudo de la Selección Mexicana que en los documentos oficiales”.
“Para nosotros el símbolo que fue portento del mito de la fundación de Tenochtitlan en 1325, es el perfil, plasmado en nuestra mente, que nos da identidad y que nos une a todos (…) es de sumo valor que en estos 688 años ha pasado de ser el portento de un mito y totem de una tribu, a símbolo de una nación de 110 millones de habitantes”, concluyó el historiador del INAH.

INAH

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