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sábado, 5 de agosto de 2017

Cuatro razones por las que las personas dejar de ir a la Iglesia


Sin más preámbolos:

1) Muchos sienten que en las iglesias otras personas les juzgan; o piensan que les van a juzgar, y no quieren sentir que les juzgan
No se trata tanto de que realmente haya muchos "metomentodos" juzgando a los demás en las parroquias, como de que los alejados lo sientan así, o lo teman.
La solución eclesial eficaz, dicen los autores, ha de ser la insistencia en que la Iglesia acoge y acepta a todos tal como llegan, en su estado actual, independientemente de que la Iglesia y Dios no estén de acuerdo con todo lo que hacen.
Dicho de otra forma: hay que repetir lo de "acogemos a cada pecador ya, tal como viene; más adelante, juntos iremos tratando su pecado". Se requiere, dicen, una "hospitalidad radical".

2) La gente reclama el derecho a hablar y ser escuchada; sienten que en la iglesia sólo habla el cura o pastor y que nadie les escucha
En el Occidente actual, todo el mundo está acostumbrado a opinar de todo: los vendedores de cualquier tienda escuchan con sonrisas todo lo que quiera decir su cliente; en el colegio hay debates y desde niño cualquier alumno interviene para decir al profesor lo primero que se le ocurre; los periódicos en Internet están llenos de comentarios de gente que en realidad no han estudiado ni conocen los temas que comentan...
El resultado es que estas personas llegan a la iglesia, sea a una misa católica o a un culto protestante, y allí no tienen nada que decir. No hay ningún momento para que hablen, se expresen.
De hecho, en algunas publicaciones protestantes se señala que los católicos lo tienen algo mejor: al menos en misa los católicos recitan respuestas, rezan en voz alta, etc... En muchos cultos protestantes (sobre todo los no carismáticos) deben limitarse a escuchar al pastor y cantar himnos, por lo que en cuanto se cambian las canciones o se usan cantos difíciles, no hay nada que hacer. (Los varones suelen quejarse de que las canciones son cada vez más agudas, sólo para mujeres, por ejemplo).
El caso es que los sociólogos detectan que la gente quiere hablar de sus sentimientos religiosos, formular sus preguntas y dudas, sentirse escuchados, que no se desdeñen sus dudas con un "no me moleste usted" o "búsquelo en el catecismo" o "no necesita usted saberlo"...
Por supuesto, eso no puede hacerse en una misa. Así que la Iglesia debe ofrecer otros espacios, el espacio en que la gente habla y se siente escuchada.
¿Puede cada párroco escuchar a sus 2.000 o 3.000 o 30.000 parroquianos con esa escucha atenta, dejándoles hablar? Es evidente que no. Por lo tanto, la respuesta ha de pasar por crear grupos pequeños de laicos, donde todos pueden hablar y todos se sienten escuchados.
El éxito de métodos como Cursos Alpha, Células de Evangelización Parroquial, grupos carismáticos, el Camino Neocatecumenal, los grupos scouts (adolescentes y adultos), etc... tiene que ver con esto: el grupo donde se puede hablar y sentirse escuchado.


3) Mucha gente se aleja de la iglesia, o no se acerca a ella, porque piensa que "los cristianos son unos hipócritas"
Por supuesto, los hipócritas son "los otros". "Yo" nunca soy hipócrita.
Lo cierto es que los cristianos nunca serán suficientemente virtuosos para los exigentísimos estándares de los "alejados".
No importa cuánto bien hagan los cristianos de su parroquia o entorno; el alejado caza-hipócritas siempre encontrará algún cristiano que no es suficientemente bueno para él y "además va de cristiano".
Y si no encuentra alguien así en su entorno, lo encuentra en los medios de comunicación: un cura estafador, un religioso que cometió un crimen... O en el pasado. "No voy a misa porque hace 5 siglos la Inquisición, Galileo, etc, etc..."
La mejor estrategia para la Iglesia es la de siempre del cristianismo: repetir que "esta no es una casa para perfectos, sino un hospital para enfermos".
Eso implica admitir esas "enfermedades": si hay pecado, se dice, se admite y se combate de forma realista.
Y la Iglesia ha de fomentar además la humildad, y la visibilización de esta humildad. El Papa Francisco da "imagen de humildad" a muchas personas alejadas, y eso les atrae.
Por supuesto, la "imagen de humildad" es buena, pero la "verdadera humildad" también lo es... aunque no esté claro que ésta siempre se vea.

4) Muchas personas se alejan de las iglesias porque creen que Dios está "distante", "o muerto", o "es irrelevante"; muchos dicen "no noto a Dios" 
Mucha gente que no va a la Iglesia sí que cree en Dios, pero no se trata con Él, no significa nada. En entornos católicos, son incontables los casos de personas que dicen que "iba a misa pero no me decía nada", o "las monjas en mi colegio eran encantadoras, pero a Dios nunca lo he visto, ni tratado".
La respuesta aquí es el kerigma, el anuncio fuerte de que "Cristo ha resucitado, te salva de la muerte y del pecado y cambia tu vida", o bien que "Dios te ama y te perdona, de forma personal, a ti".
Cursillos de Cristiandad, Cursos Alpha, el Camino Neocatecumenal, el seminario de las Siete Semanas de la Renovación Carismática, los Talleres de Vida y Oración y otras iniciativas de kerigma consiguen suscitar a menudo ese "encuentro personal con un Cristo vivo" que tantas personas han experimentado.
Cuando alguien dice "creo en Dios, pero no es relevante en mi vida" no quiere que le respondan "claro que es relevante: exige una moral elevada que deberías practicar"; eso no le atrae ni le cambia. Por el contrario, necesita que le digan: "claro que es relevante, haz la prueba, abre tu corazón y pide a Dios que venga a tu vida, déjate transformar por Él, porque Él te ama y quiere estar contigo y cambiarlo todo".
Hay algunas personas que quizá se asustan al pensar en un Dios cercano: "si le abro la puerta a Dios, entrará demasiado y se quedará como un okupa en mi casa".
Pero son pocas comparadas con las que piensan: "Dios no tiene nada que ver con mi vida y mi casa y no creo que Él piense mucho en mí; yo tampoco pienso mucho en Él". Por eso, un encuentro personal es la clave.
En ese sentido, la Nueva Evangelización insiste, como definía Juan Pablo II, con "nuevos métodos, nuevo lenguaje, nuevo ardor".

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